21 dic. 2010

Sobre cultura, Internet y arreglar el país

Comparto esta nota escrita por Aitor Iñaki Eraña Basterra, ya que como creativa (y además en su misma situación) opino exáctamente lo mismo que él sobre este tema de internet, la piratería y los derechos de autor.

Señores, yo confieso: soy un autor. Produzco un material creativo sensible a la legislación referente a los derechos de autor, que es publicado en medios de difusión nacional por una parte, y en la red por otra. Desde luego, a la pregunta “¿te disgustaría que tu trabajo sea plagiado y no se te pague lo que se te debe por él, mientras otro se beneficia?” yo respondo que sí, me molestaría; o hablando en plata, me jodería sobradamente.

Pero por otra parte, mi ámbito de trabajo requiere que mi obra tenga una gran difusión a mínimo coste para que yo pueda llegar a un mayor número de gente que se interese por lo que hago. De otra forma, estoy condenado a ser infame, un autor desconocido y por lo tanto, no remunerado. Internet es en estos momentos, mi mayor aliado en la difusión de ese pequeño pedazo de cultura audiovisual que me corresponde, pues ¿de qué otra forma podrían llegar a tantos hogares mis tiras y cómics? ¿Y qué manera mejor de atraer la atención de esos potenciales clientes que regalarles unas risas gratis, que demostrar de lo que como autor soy capaz?

Claro, la cruz de la moneda es que si hago eso, no obtengo ganancias inmediatas: ¿qué aporta al bolsillo difundir tu trabajo gratis, a un click de distancia, a todo el que quiera verlo? ¿El sello editorial que edita mi obra pierde ventas si la gente ya conoce el material y no ha tenido que pagar ni un duro?

Pues la experiencia dice que no hay pérdidas, hay incluso ganancias. Como ya digo, si no publicase mi trabajo vía web, la difusión del mismo sería nula, la gente no lo conocería y por lo tanto adquirirlo en las tiendas sería una apuesta que muy pocas carteras quieren aceptar, máxime en un mundo con un catálogo tan amplio como en el del cómic; máxime si hablamos de un autor novato y nacional frente a una inmensa cantera de artistas consagrados.

Por supuesto, el sistema no es efectivo al 100%, que alguien obtenga nuestra obra de forma gratuita y le guste, no asegura una venta. Un pequeño porcentaje es el de los descarados caraduras, los del “¡si ya lo leo gratis, por qué voy a pagar a este mindundi!”, y otro quizás más amplio es el que muchas veces viene con una sonrisa a modo de disculpa a sesiones de firmas y eventos a decirme “me encanta tu obra, pero ahora mismo estoy ‘pelad@’ y no puedo comprármela”. Pero si uno se para a pensar, los caraduras muy probablemente no habrían pagado en ningún caso por que no va con su naturaleza, mientras que los segundos, esos lectores que humildemente (y sinceramente, por que yo les creo) se disculpan al menos conocen mi trabajo y les gusta: quizás no paguen ahora por él, pero a la lista de gente que alabará, difundirá y casi seguro comprará mi obra tarde o temprano, sus nombres quedan añadidos. El resultado final es que en mi situación actual, Internet nos ha dado más de lo que me podría haber quitado a mí y a mi editor.

Creo en la publicidad y gratuicidad del contenido cultural como un medio para su difusión, creo en la sinceridad para con los consumidores, como consumidor que soy: esto es lo que vendo, por esto pagarás si te gusta. El valor añadido que obtendrás no es haber acertado en tu apuesta en base a un trailer, un preview de tres minutos o simplemente el nombre de un director, cantante, actor o dibujante, el valor añadido por tu compra y confianza habrá de venir en forma de material inédito, de “extras” fuera de la red que merezca la pena tener en el soporte que compras.

Pero esta mentalidad se basa en una cuestión de confianza, en un pacto no hablado: un pacto que dicta que a cambio de esa gratuicidad, a cambio de exponer el producto de horas de trabajo físico y creativo, de arriesgarme a que pueda ser mal usado por gente retorcida, plagiado por “quiero-y-no-puedo” sin originalidad a la búsqueda de un beneficio fácil, los consumidores de material cultural online deben comprometerse primero, a proteger esa obra y los derechos de su autor denunciando y rechazando la utilización de ese trabajo sin acreditación alguna del autor y buscando la obtención de ganancias no merecidas; segundo, a remunerar en la medida de lo posible a ese autor si han quedado satisfechos, ya sea mediante la promoción de su obra ya sea (y esto es lo que debe procurarse siempre) mediante la compra de la misma en su formato original.

Los productores por su parte, que ya bastante comprometen en este sistema el fruto de su esfuerzo, pueden incluso ir más allá y asegurar que por el precio convenido el consumidor obtendrá el producto en la misma o superior calidad, más extras a modo de sincero agradecimiento por el apoyo del público, a quien nos debemos queramos o no.

Este sistema, este “pacto” para la publicación online gratuita de material parece dar sus frutos, al menos en lo referente a literatura y cómic: ¿puede alguien decir que Harry Potter, pese a ser filtrado en la red más de una vez clandestinamente, no ha aportado ganancias millonarias a su autora y las editoriales? ¿La serie ‘Perdidos’ que por tantos ha sido vista en la pantalla de su ordenador ha acusado acaso malas ventas en su edición en DVD? Citando casos más cercanos ¿Pueden los creadores de la tan celebrada “Muchachada Nui” quejarse de lo que Internet les ha dado, frente a los que les ha quitado? Incluso en materia puramente infantil, ¿creen que el adorable Pocoyo habría llegado a tal nivel icónico, a ser tan hablado por grandes y pequeños si no lo hubiésemos conocido los ya creciditos mediante la red (sí, lo reconozco y no me da vergüenza, disfruto como un enano viendo Pocoyo)?

¿Que la gente va cada vez menos al cine, que se compran menos CDs de música? Quizás el problema no radica tanto en el daño que hace la piratería o la libre distribución de material cultural, como en lo obsoleto de los sistemas de venta y distribución de ese material. La gente se siente estafada por la industria del cine y la música ante los precios vs. lo ofertado, la TV los empacha de publicidad… es natural que Internet se convierta en la opción más viable de obtener material de entretenimiento. Por que la gente no ha cambiado, le sigue gustando escuchar música, ir al cine a ver una peli una tarde de sábado sigue siendo un plan atractivo, y si algún título nos gusta, querremos tenerlo en nuestras estanterías una vez salga en DVD o CD. Pero ya no vale el anuncio o trailer para atraerlos en la misma medida que antes, a las expectativas de la publicidad debe acompañarlas una muestra sincera de calidad, una justificación del precio, que no puede mantenerse oculta hasta el momento de pagar, ya no. Si los propios productores de material audiovisual ponen este al alcance del consumidor, si le tienden la mano la piratería pierde su sentido y ventaja, la confianza aumenta y el celo y la represión, que hacen parecer a los artistas gente aparte y lejana, son cada vez menos necesarios. Y si la gente es consciente de que cada minuto de esa serie o película, cada palabra de esa canción o libro, cada dibujo de ese cómic es fruto del trabajo de muchas personas que merecen una retribución igual que el resto por estar en la oficina o atender a los clientes, estoy seguro de que las ventas acompañarán al gesto de los productores y artistas, estoy seguro de que no dejará de ser una forma (siempre sufrida, eso nunca fue distinto) de ganarse la vida, y que Internet podrá ser la mayor aliada de ese oficio, en vez de un enemigo a batir.

"...O no, o qué sé yo."

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hey, I am checking this blog using the phone and this appears to be kind of odd. Thought you'd wish to know. This is a great write-up nevertheless, did not mess that up.

- David